jueves, 3 de julio de 2025

ALBUM

 



 

 

UNA HISTORIA PARA LOS GRANDES Y UN ALBUM PARA LOS CHICOS

 



 

Gorditos Futbol Club:

Los lunes siempre fueron una de los días más difíciles de la semana, solo comprable con el final del domingo cuando el vino se acabó y te quedaste mirando el vaso seco y añorando lo que fue. Empezó a gestarse algo semanas antes, entre la entrada del jardín y la salida de los chicos, algo fue tomando forma tímidamente, y poco a poco fue tomando envión. Hasta que finalmente se puso fecha el lunes 17 de octubre de 2022 pactaron juntarse a jugar al futbol en lo que hoy se denomina “Amiguito”.

A partir de allí los lunes se llenaron de adrenalina, tener una excusa para juntarse comenzó a cambiar esa energía. Tal vez solo al comienzo fue una excusa para juntarse, después se fue sumando el tercer tiempo y se fueron sumando amigos. Hoy los lunes se encuentran cargados de otras emociones, otros sentimientos, son un día distinto, un día cargado de sabor, disfrute placeres y charlas, además del futbol.

 

Todo comenzó con un puñado de padres deseosos salirse de la rutina, al menos un breve instante, el afán de poder recuperar un poco de juventud al menos por un momento. Compartir y generar un momento distención y buena energía. Los primeros encuentros estuvieron plagados de falta de ritmo, carencias futbolísticas y sobre todo volver a reconocer las limitaciones de un cuerpo alejado de las prácticas deportivas, lesiones y patadas involuntarias. Características que mejorarían a lo largo del tiempo, o marcarían una característica personal en el trascurso de este.

El discurrir de esta historia podría estar narrado en capítulos fecha tras fecha, pero existe una carencia de información y quizás algún lunes de excesos hizo de la amnesia alguno traspié. Lo importante fue que siempre que existió algún exceso se volvió o busco volver a punto común que fue siempre el compartir de la mejor manera posible. Los exabruptos dentro del capo de juego se fuero suplementando con reglas de juego, es verdad que existieron hitos históricos negativos que marcaron a fuego estos encuentros para que no se volvieran a repetir. Y será por estos motivos que los capítulos de esta narración no tendrán que ver con fechas sino más bien con los personajes que la vivencian y sus características tanto dentro como fuera de la chancha. Lo más probable es que dicha narración se vea interrumpida por alguna anécdota que valga la pena ser recordada. Por lo demás, si usted lector quiere saber lo que ocurre lunes a lunes cuenta con el pasquín de Peter Berger para informase.

https://elpasquindepeterberger.blogspot.com/

 

 

Mariano “Mamo” – El Nueve de las Mil Paredes:

Delantero de raza, nueve clásicos de área, de esos que no corren mucho... pero cuando la pelota le llega, la devuelve con precisión quirúrgica para armar paredes que ni los albañiles del Mundial Qatar 2022 podrían igualar.

Mamo jugaba con pasión y con carácter. Bastante carácter. Bastante. Protestaba cada pase mal dado (aunque fuera suyo), cada lateral mal cobrado y cada pelota pinchada por culpa de la humedad. Decía frases como “así no se puede jugar” y “esto no es fútbol” … incluso si el partido iba 7 a 7.

Pero fuera de la cancha era otro. Aplaudía, alentaba, cargaba las botellas de agua, y era el primero en abrazarte después de un gol (especialmente si él lo había asistido… o gritado desde el banco como si lo hubiera hecho).

Hoy, Mamo cambió el área por la altura. Se fue a escalar montañas, donde se cuelga de piedras, paredes reales (no metafóricas) y disfruta del silencio… aunque, según testigos, todavía protesta si una piedra no está bien puesta o si el arnés "no lo suelta a tiempo".

Un nueve temperamental. Un constructor de juego. Y ahora, un escalador que extraña el olor a pasto sintético.

 

Julián “el DT con botines”

Jugador rústico si los hay, conocido por patear con tanta fuerza que una vez dejó sin aire a un compañero… que estaba en el banco. Su estilo de juego combina la delicadeza de una topadora con la precisión de un pase dado con la punta del zapato, mientras grita “¡jugá simple!”.

Julián no solo jugaba: armaba los equipos. Un poder que usó con firmeza y cero sutilezas. Se autoseleccionaba primero, decía que era para “ordenar desde adentro” y ponía de su lado al mejor arquero, dos corredores y un gordo simpático “para equilibrar”.

Tenía aires de grandeza, claro. Usaba camisetas retro como si hubiera jugado en las inferiores de Platense, y daba indicaciones tácticas como si fuera Guardiola con resaca. Aunque nunca bajó del 5 en el puntaje post-partido, su actitud siempre fue de 9 capitán.

Hoy, retirado del fútbol de los lunes, canaliza su energía en el Club Hacoaj, donde arma equipos de niños… y los vuelve locos. Les grita “¡presioná alto!” a nenes de 6 años, les dibuja esquemas en servilletas y exige “intensidad” mientras ellos solo quieren una gaseosa.

Dicen que algún día volverá al fútbol de los lunes. Otros creen que ya es leyenda. Lo cierto es que, donde haya un equipo por armar, Julián estará, con la pechera en la mano y un plan en la cabeza (aunque nadie se lo haya pedido).

 

Ignacio “Choy”: "El Aspirante Eterno"

En su época de gloria (los lunes entre las 20:30 y 21:00), fue un jugador impredecible, carismático, y por momentos peligrosamente efectivo. Sus actuaciones iban desde lo sublime hasta lo absolutamente inexplicable, muchas veces en la misma jugada.

Decían que tenía dos velocidades: "arranque motivado" y "ya fue, que se canse el otro". Su talento era tan variable como el grupo de WhatsApp del equipo: lleno de promesas, memes y disculpas por llegar tarde o tal vez nunca llegar.

Aspiró durante años al título de “Gordito de la Fecha”, sin lograrlo jamás, aunque sí recibió menciones honoríficas como “mejor pisada sin tocar la pelota” y “pase a la nada más elegante del mes” y “el casi gol de la semana”.

Pero los lunes pasaron, el tiempo también, y hoy dedica su energía a seguir con devoción la carrera futbolística de su hija. La acompaña a cada entrenamiento, grita desde la línea con más emoción que técnica, y sueña, ahora sí, con que ella levante el premio que él siempre rozó... pero nunca pudo abrazar. Un mito de los lunes.

 

Nacho:

Creador de mágicos momentos, dándole vida a los al “tercer tiempo” con su magia culinaria, el tiempo y la crianza lo llevaron a estar lejos de la parrilla. Como uno de los socios fundadores de este grupo hermoso y llenador de pansas este grupo siempre estará agradecido. En la actualidad, recorre Argentina entre los recitales de los Pels y cuando ve una parrilla se le pianta un lagrimón pensando en los lunes.

 

Sebastián Acha y parrilla:

Un personaje con dos caras, una dentro de la cancha y otra afuera, un “dos” aguerrido con buena marca y otras marcas que dejaba en los rivales, por fuera un cocinero de bodegón bien entendido. Comidas de calidad y amor acompañadas con una fidelidad incomparable. Los delanteros deseaban que se valla a cocinar para recuperar las piernas. Y los de afuera lo abrazaban para que se quedara. Hoy en día se encuentra viajando por el mundo con su “disco” y una bolsa de carbón para sorprender a cualquiera en cualquier paisaje.

 

Diego: el cinco pensante que remataba con alma y melancolía

Diego era de esos volantes centrales que pensaban el juego… y después te fusilaban desde 30 metros, cuando el juego lo requería se tiraba de defensor. Cerebro y pólvora. Un cinco con mirada nostálgica, que jugaba como si siempre recordara un partido mejor que ya pasó. Su fútbol tenía algo de tango, algo de cassette rebobinado y bastante de asado con vino tinto.

No corría de más, pero llegaba siempre. No gritaba, pero su pase hablaba. Y cuando se cansaba de pensar, le daba de zurda al arco con un remate que dejaba al arquero reflexionando sobre su carrera.

Hoy su cancha es el sillón de su casa, desde donde sigue en el grupo de WhatsApp, participando con algún emoji o una queja medida por la lluvia. Vive en Escobar, tierra de sus ancestros, donde los álamos y el humo del asado le siguen recordando que lo mejor del fútbol, tal vez, era el tercer tiempo. Y aunque no se presente a jugar, todos saben que sigue marcando presencia. Porque un cinco de verdad no se retira: se queda en el grupo, esperando que alguien diga "che, falta uno...".

 

Emiliano: el Intendente Eterno

Emiliano es el único que sigue firme cada lunes, como si el tiempo pasara para todos menos para él (o como si no tuviera otra cosa que hacer, según algunos malintencionados). Algunos le dicen “Radio Vieja” porque repite historias, anécdotas, y advertencias tácticas como si fueran partes del boletín oficial. Pero para todos, sigue siendo el Intendente. Nadie sabe muy bien de dónde salió ese apodo, ni qué intendencia gestionó, pero nadie se anima a sacárselo.

Pide entrar siempre los últimos cinco minutos, “para marcar la diferencia” —aunque la única diferencia visible sea la respiración agitada que deja. Eso sí: entra con ímpetu, memoria selectiva y un relato nuevo sobre “la última patada del Gallego”, esa que dice que hizo temblar el piso y retiró a tres personas, aunque solo una jugaba.

Después de haberse presentado como intendente —y ser elegido por mayoría simple, doble o por ausencia de quorum— decidió retirarse… pero descubrió que retirado es como más cerca se siente de volver. Porque el fútbol de los lunes no lo deja ir. Y él, por las dudas, tampoco se va.

 

Lukas:

Un eterno 9 en recuperación, todavía amenaza con volver a las canchas a desordenar la defensa. Todavía le guardan un plato de comida por si vuelve a aparecer. En sus buenos tiempos se despidió a puro gol y jerarquía, pero salió antes quejándose de alguna patada y buscando testigos.

 

Diego Urfeig:

Un analista de los dias lunes, tras una ardua tarea de investigación sobre las temáticas, y un gran trabajo de campo, su conclusión es que los dias lunes son un momento de esparcimiento. Hoy dedica sus dias a intentar entender las nuevas tecnologías, hablando con chicos para que le expliquen, mientras desde un grupo de WhatsApp lo siguen convocando para jugar los lunes.

 

Alfio:

Alfio, el antiguo guardián de los bosques, ahora se dedica a vender leña, y mientras lo hace, no puede evitar mirar con un toque de nostalgia ese verde césped que solía recorrer. ¡Es como si cada trozo de leña tuviera una historia de sus días entre árboles y canchas!

 

Cristian: el arquero de los dos mundos

Cristian era un enigma con guantes, Un Yin y yang de emociones. Había días en que era una muralla inexpugnable, y otros en que parecía un auxiliar escolar que había quedado atrapado entre los tres palos por error.

Todo dependía de una moneda al aire —y nadie sabía quién la tiraba. Si caía del lado luminoso, era un arquero de selección. Si no, bueno… había que preparar el saque del medio.

Pero lo suyo no terminaba en el arco. Como jugador de campo, tenía una picardía callejera que podía inclinar la balanza en cualquier partido. Un pícaro con visión, toque corto.

Hoy no sabemos bien dónde está, pero seguro en algún lado, atajando pelotas imposibles o dejando pasar otras para mantener el equilibrio cósmico. Porque Cristian no se define: se vive.

 

Esteban:

Un arquero excepcional, un defensor de cancha de 11, con condiciones de referente, aunque muy inestable. Su punto débil es lo emocional y el desgano, por lo demás un jugador de jerarquía en un buen día, y en uno malo un 9 contrario como defensor. Como fiel hincha de Platense hoy continua la carrera de su equipo en copas internacionales y solo extraña de los lunes sus largas sobremesas.

 

Fernando “El Magico”:

A Fernando lo veías llegar cada tanto, como los eclipses o los buenos gobiernos: cada muerte de obispo. Pero cuando aparecía, bastaban unos minutos para recordarnos que la pelota no se mancha, pero sí se acaricia. Con despliegue  elegante y su andar de profesor de tenis en retiro, ponía pases que nadie pedía y goles que nadie esperaba.

Hoy da clases en una escuela y, aunque enseña con tiza en mano, cada vez que ve a los chicos jugar al fútbol en el recreo, algo se le mueve adentro. Tal vez el alma, tal vez el ciático. Y en su cabeza, suena una voz que le dice: "Fernando, salí a tirar magia, que la categoría no se vence, se archiva".

Y aunque no se anime a entrar a la cancha, todos sabemos que aún guarda en la mochila un par de goles olímpicos y un caño didáctico.


Francesco: el defensor sereno

Francesco fue de esos defensores que empezaron en silencio y terminaron marcando a fuego. Iba de menos a más, como un buen vino o una película lenta. No te pegaba, pero te marcaba con una firmeza que hacía imposible despegarse. Como una estampilla con pegamento emocional.

Intachable, tranquilo, inmutable. Te hablaba con calma mientras te sacaba la pelota y la dignidad, todo con una sonrisa. Nunca un grito, nunca una protesta. Era como si te defendiera con afecto.

Hoy está lejos de las canchas, pero cerca de los suyos. Le encanta el espíritu del grupo, la charla, el humo del asado y los recuerdos que vuelven cada lunes. Pero el verde césped ya no lo llama. No porque no pueda, sino porque al otro día hay que entrar al taller temprano… y el cuerpo ya no negocia. Eso sí, cuando aparece, todos saben que Francesco sigue siendo el mismo: firme, amable y difícil de pasar.

 

Alejo: el nueve que vivía entre el gol y la niebla

Alejo era un nueve de los de antes. Raspador, áspero, de esos que patean de puntín sin pedir permiso ni perdón. No te hacía un gol bonito, pero te hacía un gol. A veces. Porque con Alejo nunca sabías: podía ser el héroe inesperado o un espectro errante que flotaba por el área esperando algo que ni él sabía qué era.

Tenía el don de aparecer cuando menos lo esperabas… o de no aparecer nunca. Dependía del viento, de la luna, del resultado parcial o de su digestión. Pero cuando estaba encendido, te ganaba el partido. Y cuando no… bueno, por lo menos estorbaba.

Hoy vive en una casa en un árbol. Literal. Nadie sabe bien cómo llegó ahí, pero ya nadie lo baja. Desde las alturas, contempla el mundo con una mezcla de sabiduría y pereza. Algunos dicen que sigue esperando un centro. Otros, que ya es parte del paisaje.

 

Leandro “El Gallego”:

¿Qué decir del Gallego? Un luchador incansable, un todoterreno de la fricción y el choque, pero con una sonrisa tan franca que uno no sabía si abrazarlo o pedirle distancia.

Si te hablaba, te sacaba una carcajada. Si no lo veías venir, te sacaba un moretón. Era eso: un equilibrio hermoso entre la amistad y el contacto físico no consentido.

Algunos lo recuerdan como un cazador del error ajeno, que leía el juego como un ajedrecista enojado. Otros lo definen directamente como un gladiador desmedido, que en vez de espada usaba la pierna fuerte y la nobleza.

Pero nadie duda de algo: el Gallego pegaba, sí, pero también bancaba. Y cuando se reía, te reías con él… aunque todavía estuvieras en el piso.

 

 

Leo Llansó: el delantero de las apariciones celestiales

A Leo Llansó no se lo veía mucho en la cancha. Pero cuando venía, algo pasaba. Tocaba dos pelotas, metía un gol imposible, tiraba una pared con el poste... y se iba. Como si solo hubiera bajado del Olimpo para recordarnos que el fútbol también puede ser poesía.

Un hombre más de fogón que de fulbito, su verdadera cancha estaba (y está) donde hay fuego, vino y canción. Porque Leo nunca dejó de ser mágico, solo cambió la pelota por la guitarra.

Hoy se lo ve más seguido en peñas y festivales que en partidos, pero la esencia sigue intacta: aparece poco, deja una joyita, y desaparece entre aplausos y humo de asado.

Dicen que si escuchás una zamba bien afinada cerca del amanecer, es que Leo está por ahí. Tal vez no meta goles, pero te llena el alma.

 

Leo Arfuso: el tirador serial de caños

Lo de Leo no era jugar al fútbol: era una cruzada personal contra la dignidad de los rivales. Un caño por acá, otro por allá… y uno más, aunque no hiciera falta. Tirador compulsivo, casi patológico, con una vitrina mental donde guarda cada caño como si fueran medallas olímpicas.

Hoy sigue haciendo deporte, pero se volcó al pádel, donde encontró un nuevo escenario para su fantasía. Suele colgarse de los alambres de una cancha a esperar que alguien haga un caño para irse tranquilo del lugar, como si ese sencillo acto le diera sentido a la vida.

 

Mauro:

 

Martín: el que nunca falló

Hubo un tiempo en que Martín no jugaba bien, ni mal… o tal vez nunca. Aunque siempre recuerda que le alcanzaron cinco minutos para sacar del partido al 9.

Su juego tenía más que ver con lo que pasaba afuera de la cancha. Como un ritual, como un apóstol del tercer tiempo, una llama eterna de las convocatorias, un regador incansable de cerveza y proveedor generoso de abundantes caprichos para el paladar, con sus papas fritas gloriosas.

Podían faltar arcos, camisetas, pero nunca faltó su birra fría ni esa lluvia de papas. Aunque hoy ya no sepa quién es quién, él aparece igual. Porque los lunes sin Martín, no son lunes.

Al día de hoy, se lo puede encontrar en la cancha de Tigre, o los lunes, reunido con un grupo de gente que juega… aunque no los conozca. Él revive, una y otra vez, el fuego sagrado del tercer tiempo.

 

Nicolas “el Incansable”:

 

Pablo Resua:

 

Pancho:

 

Pedro:

Pedro sigue corriendo como si tuviera uno más… o como si le hubieran prestado los de un atleta keniano. Pasan los años, cambian los jugadores, se caen rodillas, se inflaman tobillos… pero él sigue igual: corriendo con la misma pasión, el mismo ritmo y los mismos pantalones que hace una década.

Es el único que todavía juega en serio sin desentonar, sin pedir cambios ni hablar del ciático. Mientras otros ya están en modo parrilla y charla, Francisco sigue picando como si lo estuvieran mirando desde una tribuna imaginaria.

Dicen que no se cansa. Algunos creen que duerme con los botines puestos. Otros, que respira por branquias ocultas. Pero lo cierto es que, entre tantas leyendas vivas y retirados por voluntad propia o médica, Francisco sigue firme. Jugando como siempre.

 

Alejo “Cinefilo”:

Andres “Padel”:

Ayar:

Roque:

German:

Juan:

Juan “Juando”:

Marcos:

Mariano:

Pablo:

Santiago:

Lucas Russo:

Rodrigo Tunica “Rodo”:

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