UNA HISTORIA PARA LOS GRANDES Y UN
ALBUM PARA LOS CHICOS
Gorditos Futbol Club:
Los lunes siempre
fueron una de los días más difíciles de la semana, solo comprable con el final
del domingo cuando el vino se acabó y te quedaste mirando el vaso seco y
añorando lo que fue. Empezó a gestarse algo semanas antes, entre la entrada del
jardín y la salida de los chicos, algo fue tomando forma tímidamente, y poco a
poco fue tomando envión. Hasta que finalmente se puso fecha el lunes 17 de
octubre de 2022 pactaron juntarse a jugar al futbol en lo que hoy se denomina
“Amiguito”.
A partir de allí
los lunes se llenaron de adrenalina, tener una excusa para juntarse comenzó a
cambiar esa energía. Tal vez solo al comienzo fue una excusa para juntarse,
después se fue sumando el tercer tiempo y se fueron sumando amigos. Hoy los
lunes se encuentran cargados de otras emociones, otros sentimientos, son un día
distinto, un día cargado de sabor, disfrute placeres y charlas, además del
futbol.
Todo comenzó con un
puñado de padres deseosos salirse de la rutina, al menos un breve instante, el
afán de poder recuperar un poco de juventud al menos por un momento. Compartir
y generar un momento distención y buena energía. Los primeros encuentros estuvieron
plagados de falta de ritmo, carencias futbolísticas y sobre todo volver a
reconocer las limitaciones de un cuerpo alejado de las prácticas deportivas,
lesiones y patadas involuntarias. Características que mejorarían a lo largo del
tiempo, o marcarían una característica personal en el trascurso de este.
El discurrir de esta
historia podría estar narrado en capítulos fecha tras fecha, pero existe una
carencia de información y quizás algún lunes de excesos hizo de la amnesia
alguno traspié. Lo importante fue que siempre que existió algún exceso se
volvió o busco volver a punto común que fue siempre el compartir de la mejor
manera posible. Los exabruptos dentro del capo de juego se fuero suplementando
con reglas de juego, es verdad que existieron hitos históricos negativos que
marcaron a fuego estos encuentros para que no se volvieran a repetir. Y será
por estos motivos que los capítulos de esta narración no tendrán que ver con
fechas sino más bien con los personajes que la vivencian y sus características
tanto dentro como fuera de la chancha. Lo más probable es que dicha narración
se vea interrumpida por alguna anécdota que valga la pena ser recordada. Por lo
demás, si usted lector quiere saber lo que ocurre lunes a lunes cuenta con el
pasquín de Peter Berger para informase.
https://elpasquindepeterberger.blogspot.com/
Mariano “Mamo” – El Nueve de las Mil Paredes:
Delantero de raza, nueve clásicos de área, de
esos que no corren mucho... pero cuando la pelota le llega, la devuelve con
precisión quirúrgica para armar paredes que ni los albañiles del Mundial Qatar
2022 podrían igualar.
Mamo jugaba con pasión y con carácter. Bastante carácter. Bastante.
Protestaba cada pase mal dado (aunque fuera suyo), cada lateral mal cobrado y
cada pelota pinchada por culpa de la humedad. Decía frases como “así no se
puede jugar” y “esto no es fútbol” … incluso si el partido iba 7 a
7.
Pero fuera de la cancha era otro. Aplaudía,
alentaba, cargaba las botellas de agua, y era el primero en abrazarte después
de un gol (especialmente si él lo había asistido… o gritado desde el banco como
si lo hubiera hecho).
Hoy, Mamo cambió el área por la altura. Se fue
a escalar montañas, donde se cuelga de piedras, paredes reales (no metafóricas)
y disfruta del silencio… aunque, según testigos, todavía protesta si una piedra
no está bien puesta o si el arnés "no lo suelta a tiempo".
Un nueve temperamental. Un constructor de
juego. Y ahora, un escalador que extraña el olor a pasto sintético.
Julián “el DT con botines”
Jugador rústico si los hay, conocido por patear
con tanta fuerza que una vez dejó sin aire a un compañero… que estaba en el
banco. Su estilo de juego combina la delicadeza de una topadora con la
precisión de un pase dado con la punta del zapato, mientras grita “¡jugá
simple!”.
Julián no solo jugaba: armaba los equipos. Un
poder que usó con firmeza y cero sutilezas. Se autoseleccionaba primero, decía
que era para “ordenar desde adentro” y ponía de su lado al mejor arquero, dos
corredores y un gordo simpático “para equilibrar”.
Tenía aires de grandeza, claro. Usaba camisetas
retro como si hubiera jugado en las inferiores de Platense, y daba indicaciones
tácticas como si fuera Guardiola con resaca. Aunque nunca bajó del 5 en el
puntaje post-partido, su actitud siempre fue de 9 capitán.
Hoy, retirado del fútbol de los lunes, canaliza
su energía en el Club Hacoaj, donde arma equipos de niños… y los vuelve locos.
Les grita “¡presioná alto!” a nenes de 6 años, les dibuja esquemas en
servilletas y exige “intensidad” mientras ellos solo quieren una gaseosa.
Dicen que algún día volverá al fútbol de los
lunes. Otros creen que ya es leyenda. Lo cierto es que, donde haya un equipo
por armar, Julián estará, con la pechera en la mano y un plan en la cabeza
(aunque nadie se lo haya pedido).
Ignacio “Choy”: "El Aspirante Eterno"
En su época de gloria (los lunes entre las 20:30
y 21:00), fue un jugador impredecible, carismático, y por momentos
peligrosamente efectivo. Sus actuaciones iban desde lo sublime hasta lo
absolutamente inexplicable, muchas veces en la misma jugada.
Decían que tenía dos velocidades:
"arranque motivado" y "ya fue, que se canse el otro". Su
talento era tan variable como el grupo de WhatsApp del equipo: lleno de
promesas, memes y disculpas por llegar tarde o tal vez nunca llegar.
Aspiró durante años al título de “Gordito de la
Fecha”, sin lograrlo jamás, aunque sí recibió menciones honoríficas como “mejor
pisada sin tocar la pelota” y “pase a la nada más elegante del mes” y “el casi
gol de la semana”.
Pero los lunes pasaron, el tiempo también, y
hoy dedica su energía a seguir con devoción la carrera futbolística de su hija.
La acompaña a cada entrenamiento, grita desde la línea con más emoción que
técnica, y sueña, ahora sí, con que ella levante el premio que él siempre
rozó... pero nunca pudo abrazar. Un mito de los lunes.
Nacho:
Creador
de mágicos momentos, dándole vida a los al “tercer tiempo” con su magia
culinaria, el tiempo y la crianza lo llevaron a estar lejos de la parrilla.
Como uno de los socios fundadores de este grupo hermoso y llenador de pansas
este grupo siempre estará agradecido. En la actualidad, recorre Argentina entre
los recitales de los Pels y cuando ve una parrilla se le pianta un lagrimón pensando
en los lunes.
Sebastián Acha y parrilla:
Un
personaje con dos caras, una dentro de la cancha y otra afuera, un “dos”
aguerrido con buena marca y otras marcas que dejaba en los rivales, por fuera
un cocinero de bodegón bien entendido. Comidas de calidad y amor acompañadas
con una fidelidad incomparable. Los delanteros deseaban que se valla a cocinar
para recuperar las piernas. Y los de afuera lo abrazaban para que se quedara.
Hoy en día se encuentra viajando por el mundo con su “disco” y una bolsa de carbón
para sorprender a cualquiera en cualquier paisaje.
Diego: el cinco pensante que remataba con alma
y melancolía
Diego era de esos volantes centrales que
pensaban el juego… y después te fusilaban desde 30 metros, cuando el juego lo requería
se tiraba de defensor. Cerebro y pólvora. Un cinco con mirada nostálgica, que
jugaba como si siempre recordara un partido mejor que ya pasó. Su fútbol tenía
algo de tango, algo de cassette rebobinado y bastante de asado con vino
tinto.
No corría de más, pero llegaba siempre. No
gritaba, pero su pase hablaba. Y cuando se cansaba de pensar, le daba de zurda
al arco con un remate que dejaba al arquero reflexionando sobre su carrera.
Hoy su cancha es el sillón de su casa, desde
donde sigue en el grupo de WhatsApp, participando con algún emoji o una queja
medida por la lluvia. Vive en Escobar, tierra de sus ancestros, donde los
álamos y el humo del asado le siguen recordando que lo mejor del fútbol, tal
vez, era el tercer tiempo. Y aunque no se presente a jugar, todos saben que
sigue marcando presencia. Porque un cinco de verdad no se retira: se queda en
el grupo, esperando que alguien diga "che, falta uno...".
Emiliano: el Intendente Eterno
Emiliano es el único que sigue firme cada
lunes, como si el tiempo pasara para todos menos para él (o como si no tuviera
otra cosa que hacer, según algunos malintencionados). Algunos le dicen “Radio
Vieja” porque repite historias, anécdotas, y advertencias tácticas como si
fueran partes del boletín oficial. Pero para todos, sigue siendo el
Intendente. Nadie sabe muy bien de dónde salió ese apodo, ni qué
intendencia gestionó, pero nadie se anima a sacárselo.
Pide entrar siempre los últimos cinco minutos,
“para marcar la diferencia” —aunque la única diferencia visible sea la
respiración agitada que deja. Eso sí: entra con ímpetu, memoria selectiva y un
relato nuevo sobre “la última patada del Gallego”, esa que dice que hizo
temblar el piso y retiró a tres personas, aunque solo una jugaba.
Después de haberse presentado como intendente
—y ser elegido por mayoría simple, doble o por ausencia de quorum— decidió
retirarse… pero descubrió que retirado es como más cerca se siente de
volver. Porque el fútbol de los lunes no lo deja ir. Y él, por las dudas,
tampoco se va.
Lukas:
Un
eterno 9 en recuperación, todavía amenaza con volver a las canchas a desordenar
la defensa. Todavía le guardan un plato de comida por si vuelve a aparecer. En
sus buenos tiempos se despidió a puro gol y jerarquía, pero salió antes
quejándose de alguna patada y buscando testigos.
Diego Urfeig:
Un
analista de los dias lunes, tras una ardua tarea de investigación sobre las
temáticas, y un gran trabajo de campo, su conclusión es que los dias lunes son
un momento de esparcimiento. Hoy dedica sus dias a intentar entender las nuevas
tecnologías, hablando con chicos para que le expliquen, mientras desde un grupo
de WhatsApp lo siguen convocando para jugar los lunes.
Alfio:
Alfio,
el antiguo guardián de los bosques, ahora se dedica a vender leña, y mientras
lo hace, no puede evitar mirar con un toque de nostalgia ese verde césped que
solía recorrer. ¡Es como si cada trozo de leña tuviera una historia de sus días
entre árboles y canchas!
Cristian: el arquero de los dos mundos
Cristian era un enigma con guantes, Un Yin y
yang de emociones. Había días en que era una muralla inexpugnable, y otros en
que parecía un auxiliar escolar que había quedado atrapado entre los tres palos
por error.
Todo dependía de una moneda al aire —y nadie
sabía quién la tiraba. Si caía del lado luminoso, era un arquero de selección.
Si no, bueno… había que preparar el saque del medio.
Pero lo suyo no terminaba en el arco. Como
jugador de campo, tenía una picardía callejera que podía inclinar la balanza en
cualquier partido. Un pícaro con visión, toque corto.
Hoy no sabemos bien dónde está, pero seguro en
algún lado, atajando pelotas imposibles o dejando pasar otras para mantener el
equilibrio cósmico. Porque Cristian no se define: se vive.
Esteban:
Un
arquero excepcional, un defensor de cancha de 11, con condiciones de referente,
aunque muy inestable. Su punto débil es lo emocional y el desgano, por lo demás
un jugador de jerarquía en un buen día, y en uno malo un 9 contrario como
defensor. Como fiel hincha de Platense hoy continua la carrera de su equipo en
copas internacionales y solo extraña de los lunes sus largas sobremesas.
Fernando “El Magico”:
A Fernando lo veías llegar cada tanto, como los
eclipses o los buenos gobiernos: cada muerte de obispo. Pero cuando aparecía,
bastaban unos minutos para recordarnos que la pelota no se mancha, pero sí se
acaricia. Con despliegue elegante y su
andar de profesor de tenis en retiro, ponía pases que nadie pedía y goles que
nadie esperaba.
Hoy da clases en una escuela y, aunque enseña
con tiza en mano, cada vez que ve a los chicos jugar al fútbol en el recreo,
algo se le mueve adentro. Tal vez el alma, tal vez el ciático. Y en su cabeza,
suena una voz que le dice: "Fernando, salí a tirar magia, que la
categoría no se vence, se archiva".
Y aunque no se anime a entrar a la cancha,
todos sabemos que aún guarda en la mochila un par de goles olímpicos y un caño
didáctico.
Francesco: el
defensor sereno
Francesco fue de esos defensores que empezaron
en silencio y terminaron marcando a fuego. Iba de menos a más, como un buen
vino o una película lenta. No te pegaba, pero te marcaba con una firmeza que
hacía imposible despegarse. Como una estampilla con pegamento emocional.
Intachable, tranquilo, inmutable. Te hablaba
con calma mientras te sacaba la pelota y la dignidad, todo con una sonrisa.
Nunca un grito, nunca una protesta. Era como si te defendiera con afecto.
Hoy está lejos de las canchas, pero cerca de
los suyos. Le encanta el espíritu del grupo, la charla, el humo del asado y los
recuerdos que vuelven cada lunes. Pero el verde césped ya no lo llama. No
porque no pueda, sino porque al otro día hay que entrar al taller temprano… y
el cuerpo ya no negocia. Eso sí, cuando aparece, todos saben que Francesco
sigue siendo el mismo: firme, amable y difícil de pasar.
Alejo: el nueve que vivía entre el gol y la
niebla
Alejo era un nueve de los de antes. Raspador,
áspero, de esos que patean de puntín sin pedir permiso ni perdón. No te hacía
un gol bonito, pero te hacía un gol. A veces. Porque con Alejo nunca sabías:
podía ser el héroe inesperado o un espectro errante que flotaba por el área
esperando algo que ni él sabía qué era.
Tenía el don de aparecer cuando menos lo
esperabas… o de no aparecer nunca. Dependía del viento, de la luna, del
resultado parcial o de su digestión. Pero cuando estaba encendido, te
ganaba el partido. Y cuando no… bueno, por lo menos estorbaba.
Hoy vive en una casa en un árbol. Literal.
Nadie sabe bien cómo llegó ahí, pero ya nadie lo baja. Desde las alturas,
contempla el mundo con una mezcla de sabiduría y pereza. Algunos dicen que
sigue esperando un centro. Otros, que ya es parte del paisaje.
Leandro “El Gallego”:
¿Qué decir del Gallego? Un luchador incansable,
un todoterreno de la fricción y el choque, pero con una sonrisa tan franca que
uno no sabía si abrazarlo o pedirle distancia.
Si te hablaba, te sacaba una carcajada. Si no
lo veías venir, te sacaba un moretón. Era eso: un equilibrio hermoso entre la
amistad y el contacto físico no consentido.
Algunos lo recuerdan como un cazador del error
ajeno, que leía el juego como un ajedrecista enojado. Otros lo definen
directamente como un gladiador desmedido, que en vez de espada usaba la pierna
fuerte y la nobleza.
Pero nadie duda de algo: el Gallego pegaba, sí,
pero también bancaba. Y cuando se reía, te reías con él… aunque todavía
estuvieras en el piso.
Leo Llansó: el delantero de las apariciones
celestiales
A Leo Llansó no se lo veía mucho en la cancha.
Pero cuando venía, algo pasaba. Tocaba dos pelotas, metía un gol imposible,
tiraba una pared con el poste... y se iba. Como si solo hubiera bajado del
Olimpo para recordarnos que el fútbol también puede ser poesía.
Un hombre más de fogón que de fulbito, su
verdadera cancha estaba (y está) donde hay fuego, vino y canción. Porque Leo
nunca dejó de ser mágico, solo cambió la pelota por la guitarra.
Hoy se lo ve más seguido en peñas y festivales
que en partidos, pero la esencia sigue intacta: aparece poco, deja una joyita,
y desaparece entre aplausos y humo de asado.
Dicen que si escuchás una zamba bien afinada
cerca del amanecer, es que Leo está por ahí. Tal vez no meta goles, pero te
llena el alma.
Leo Arfuso: el tirador serial de caños
Lo de Leo no era jugar al fútbol: era una
cruzada personal contra la dignidad de los rivales. Un caño por acá, otro por
allá… y uno más, aunque no hiciera falta. Tirador compulsivo, casi patológico,
con una vitrina mental donde guarda cada caño como si fueran medallas
olímpicas.
Hoy sigue haciendo deporte, pero se volcó al
pádel, donde encontró un nuevo escenario para su fantasía. Suele colgarse de
los alambres de una cancha a esperar que alguien haga un caño para irse
tranquilo del lugar, como si ese sencillo acto le diera sentido a la vida.
Mauro:
Martín: el que nunca falló
Hubo un tiempo en que Martín no jugaba bien, ni
mal… o tal vez nunca. Aunque siempre recuerda que le alcanzaron cinco minutos
para sacar del partido al 9.
Su juego tenía más que ver con lo que pasaba
afuera de la cancha. Como un ritual, como un apóstol del tercer tiempo, una
llama eterna de las convocatorias, un regador incansable de cerveza y proveedor
generoso de abundantes caprichos para el paladar, con sus papas fritas
gloriosas.
Podían faltar arcos, camisetas, pero nunca
faltó su birra fría ni esa lluvia de papas. Aunque hoy ya no sepa quién es
quién, él aparece igual. Porque los lunes sin Martín, no son lunes.
Al día de hoy, se lo puede encontrar en la
cancha de Tigre, o los lunes, reunido con un grupo de gente que juega… aunque
no los conozca. Él revive, una y otra vez, el fuego sagrado
del tercer tiempo.
Nicolas “el Incansable”:
Pablo Resua:
Pancho:
Pedro:
Pedro sigue corriendo como si tuviera uno más…
o como si le hubieran prestado los de un atleta keniano. Pasan los años,
cambian los jugadores, se caen rodillas, se inflaman tobillos… pero él sigue
igual: corriendo con la misma pasión, el mismo ritmo y los mismos pantalones
que hace una década.
Es el único que todavía juega en serio sin
desentonar, sin pedir cambios ni hablar del ciático. Mientras otros ya están en
modo parrilla y charla, Francisco sigue picando como si lo estuvieran mirando
desde una tribuna imaginaria.
Dicen que no se cansa. Algunos creen que duerme
con los botines puestos. Otros, que respira por branquias ocultas. Pero lo
cierto es que, entre tantas leyendas vivas y retirados por voluntad propia o
médica, Francisco sigue firme. Jugando como siempre.
Alejo “Cinefilo”:
Andres “Padel”:
Ayar:
Roque:
German:
Juan:
Juan “Juando”:
Marcos:
Mariano:
Pablo:
Santiago:
Lucas Russo:
Rodrigo Tunica “Rodo”: